Capítulo 10 – Final a duo

Corrían hacia nosotros pidiéndonos ayuda. Sabían que nosotros teníamos el antídoto. Porque estábamos subidos al pedestal. Desde allí impartíamos… Bondad… Justicia… Piedad… (Cueq, cueq…) Omnidad… (Cueq, cueq…)

– Qué es eso?

– Un cuervo!

– Parecía un pato! Estábamos en el pantano.

Entonces, los acontecimientos se precipitaron… el muerto ya non parla, ahora le toca directamente al asesino.

Se acercó con el coche al bar, tenía sed. Bajó y dijo: “pensarán que fue un ajuste de cuentas”.

Pedí una caña y el dueño del bar no me daba bola. Pero qué se cree este imbécil, no sabe que acabo de matar a dos tíos?

– Eh! Usted, me puede dar una caña?

– Ya va! Espere un minuto!

– Pero este tío, qué se cree, realmente, qué soy yo! Al Capone!

– Pero mirá este imbécil lo que dice! – Escuché que le comentaba a la mujer… ni le vi la cara.

Iba por ahí paseando con pistolas de feria… sería Parolli?

Dónde está mi rifle, pensé, fui a buscarlo al coche. Entré al coche, estaba el rifle, busqué las balas, abrí el rifle, metí las balas, cerré el rifle… Joder! Este rifle, siempre cuando lo cierro me agarro el dedo. Abrí el rifle, saqué el dedo, volví a cerrar el rifle. Entré al bar, volví a pedir la caña y seguían sin dármela. Le rajé un tiro por la espalda.

“Cuando cayó,
una luz que iluminaba,
era mi amigo José,
el de la infancia,
con quién traficaba.
Aquel con quien tantas veces yo jugué
a que pasábamos marihuana.
Con el que violábamos las niñas
del colegio de la esquina,
sin pensar en un minuto
en que nos dieran cocaína.
Tantas veces lo pensamos,
tantas veces lo finjimos.
Al final mirá José,
por dónde vengo y te la dimos.”

Esta vez me asusté… salimos… yo y mi rifle, por supuesto. Ya no podía separarme de él, era parte de mí. Puse otra bala en la recámara… no sin antes abrir el rifle, cerré el rifle, otra vez mi dedo… abrí el rifle, saqué el dedo, cerré el rifle.

– Lo necesitabas!

– Necesitaba… qué?

– El dedo!

Ya llevaba dos dedos menos. Si seguía así no iba a poder disparar… de nuevo… dos muertos, dos dedos menos. Joder! A ese ritmo… todavía me quedan ocho dedos, pero con el tercero iba a ser suficiente. Llegué al borde del camino, estaba el Mercedes Negro aparcado.

Bajó la ventanilla y me dijo,

– Hiciste el trabajo?

Yo le dije:

– Qué trabajo?

– Cómo qué trabajo, imbécil! Fuiste a buscar la leche y los huevos?

– Me olvidé!

– Entonces matate!

Como si una voz de ultratumba me lo dijera. Apunté con el rifle a mi cabeza y sentí el golpe. Non ricordo más, porque ya estaba muerto. Pero no sé qué hago hablando si ya estoy muerto.

– Es un sueño, chaval!

– De quién?

– Del destino.

– Destino cuánto?

– Ese tipo que era tu antiguo carcelero.

– Destino González!

– Ese mismo, te lo contó un día cuando tú estabas en la celda de castigo y él quiso hacerte compañía un rato.

– Un jueves por la noche.

– Te contó su sueño, te acuerdas?

– Sí, claro que me acuerdo!

– Entonces…

– Trajo unos dátiles y pudimos contar el cuento de Mushkil Gushá.

– Efectivamente.

– Y justo llegó la fianza.

– Claro, lo habías olvidado.

– 20 duros. Joder! Tan poco por mí?

– Por eso nadie quería pagarlo.

– Se sentían humillados por esa fianza. Cómo iban a sacar a alguien porque pedían tan poco dinero.

– El humo ese asqueroso. Etsas velas no me gustan nada. Tan poco dinero y sin embargo, 20 duros, por esos 20 duros me metieron en cana. Apostamos a ver quién se los tragaba.

– Claro que se lo hicimos tragar a aquel tipo… si… por eso se nos murió.

– Y estamos en cana por 100 pesetas!

FIN

Epílogo

Durante los días posteriores al suceso, estábamos muy atentos a lo que dijeran las noticias. De hecho, se hablaba de esta historia y la víctima en cuestión resultó ser el hijo de un personaje importante en Vilagarcía. Había quedado en coma y nunca supe qué fue de su vida, o de su muerte. El asesino había terminado su faena en el bar y de allí se había ido a otro lugar, había disparado a otras personas y finalmente se había pegado un tiro. Toda una tragedia, sin duda.

Después de la experiencia de haber estado en plena escena del crimen, con Irene quedamos totalmente shockeados. En los días posteriores estábamos nerviosos e inclusive nos asustábamos por cualquier cosa, que no es muy común en ninguno de los dos. Un escape de un auto era suficiente para pegar un salto.

Cuando vi que la cosa se ponía densa, cuando el pulso se me aceleraba sin que yo hiciera nada, comencé a pensar en una forma de terapia… qué podíamos hacer para sacarnos esa sensación de encima? Y se nos ocurrió escribir la historia. Cada uno por separado y también hacerlo desde la mirada desde distintos personajes: Yo mismo, Irene, el asesino, la víctima, el ostia! un personaje que apareció por ahí… y llevarlo hasta donde pudiéramos. Nos juntamos con algo de material, prendimos el grabador y fuimos desgranando esta historia que desgrabo muchos años después.

El cassette donde se grabó toda esta historia es parte de la misma. La verdad es que es mucho más divertido escucharlo! Sobre todo a Irene, que tiene pasta de contadora de historias. Si en algún momento da para digitalizar, pues aquí estará, por qué no? Mientras tanto, a usar la imaginación.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Aparte, conversaciones, cuentos, historias de vida y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s