Capítulo 2 – Il assassin

Busqué en el ropero y no estaba, busqué en el fondo de la casa y tampoco estaba.  No me acordaba en dónde la había metido.  Finalmente busqué en el ropero que estaba en la pieza del fondo, allí estaba.  Estaba totalmente cubierta por una manta y enfundada en su estuche original.  Las balas las tenía en un cajón, dentro de su estuche original, nunca las había usado.  Siempre había empleado la pistola para estos asuntos, era más seguro, más eficaz, no se nota tanto.  Sin embargo, esta vez no sé por qué, me fui directamente al rifle, a la escopeta. La cargué y pensé qué tenía entre manos, qué era lo que iba a hacer.

Las ideas se me agolpaban en la mente, estaba desesperado.  Además, las cosas se habían vuelto realmente difíciles.  Me pedían dinero que en este momento no tenía.  Me pedían que colaborara, cosa que no quería hacer y además ese hijo de puta, me había utilizado tantas veces, que tenía que…

Lo había soñado, me había regocijado tanto con la idea de levantarle la tapa de los sesos al cabrón ese.   Mientras estaba encerrado, no podía pensar en otra cosa.  Venganza.  Venganza? Joderle?  Él estaba fuera y yo aquí, entre estas cuatro paredes y juré, juré, que cuando saliera, algo tenía que hacer, ese cabrón no se iba a reír de mí.  Y aquí estoy con la escopeta, dispuesto a salir, a disparar, y después…  no sé, ya veremos.  Ahora no hay que pensar en eso, sólo en localizar a ese cabrón.  Sabía que tenía que estar en aquel bar, cómo se llama…  ese al que suele ir con sus amigos, a hacerse el importante, el señor del territorio.  Se iba a acordar de mí.  Se sorprendería al verme?, le daría tiempo a pensar algo?… y qué más da, sólo quiero quitármele del medio.

Cojo el auto y me voy directamente a buscarlo, sé que estos días anda por la ciudad y no voy a perder la oportunidad.  Entro como en un sueño, en realidad no entiendo lo que estoy por hacer, no sé lo que me impulsa además del odio, no sé, algo me impulsa. Hacer justicia?, de la mano de quién, de mi propia mano?

Llego al bar, mucha gente, demasiada gente, pero no me importa, de pronto bajo, con la escopeta en la mano, nadie me reconoce, ni se asombran, cada uno está en lo suyo.  Nadie es capaz de fijarse en qué historia está el otro.  El bar está a tope, entro.  El pobre imbécil está anonadado, mirando hacia esa pajarita que lo tiene embobado desde hace un tiempo.  Me acerco a él, le apunto a la cabeza… y disparo…

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