La Bahía San Sebastián – La espiga o la marisma?

Cuando me encontré con Federico y Alfredo, los dos investigadores españoles, me di cuenta que nos íbamos a llevar muy bien. La forma de trabajar, la rapidez con la que congeniamos, tanto en los temas geológicos como en los temas de la vida cotidiana, hizo que mi mente volara sobre las diferentes posibilidades que se abrían en el futuro. Existía la posibilidad de un viaje a España, incluido dentro de la beca, aunque no me decían que ya la había ganado, habíamos sido invitados sólo dos personas. Finalmente, junto con mi compañero de trabajo Gustavo Bujalesky, el “buja”, armamos un equipo para estudiar la espiga de Punta Páramo y el interior de la bahía para las respectivas tesis doctorales.

Pero nada estaba decidido en ese momento. El Buja no había hecho aparición y yo podía, de alguna manera, elegir el tema: la espiga, con sus millones de toneladas de arena y grava o la marisma, el interior de la bahía, con sus extensas llanuras intermareales y kilómetros de canales por recorrer.

Y es que todo es inmenso en la bahía. Parado en la costa atlántica uno se abre al océano y si uno tira una línea imaginaria perpendicular a la costa, a los 500 km se topa con las Islas Malvinas. Así es. Recuerden que la costa atlántica de Tierra del Fuego está orientada Noroeste-Sureste. Y si no, vean este mapita para jugar un poco con eso.

La decisión de estudiar las llanuras con sus canales fue inducida por Federico. Él había trabajado mucho en los denominados en inglés “tidal flats” del norte de España. Terminó convenciéndome. La realidad fue que tanto el Buja como yo, terminamos trabajando uno con otro, tanto en la punta como en la llanura, aunque todo lo que nos “comimos” de artículos, libros y cursos, fuera específico para el tema de cada uno.

La diferencia fundamental entre ambos era que el estudio de la espiga incorporaba una componente estadística fenomenal y necesitaba la medición de miles de cantos rodados. En el caso de la bahía, había que recorrer toda la llanura y hacer otro tipo de mediciones, ancho y profundidad de canales, radio de las curvas, sacar muestras para textura (arena, limo y arcilla) y para la estructura necesitábamos tomar muestras de tubos y luego cortarlos para hacer radiografías y ver la estructura. En otras palabras ver cómo el material se había depositado y qué características particulares tenían en un ambiente tan frío.

Pero no os preocupeis! No pondré ninguna foto “geológica”, esas que sólo parecen gustarnos a los geólogos. Hasta podría inventar un nuevo refrán: “más aburrida que foto de geólogo”. Las fotos que quiero mostrar son de las personas, de las situaciones que vivimos y de las anécdotas que valen la pena ser recordadas.

Una de esas anécdotas ocurrieron en la primera campaña de invierno, con la planicie totalmente cubierta de nieve.

Río San Martín, Bahía San Sebastián, Tierra del Fuego.

Cabe aclarar que mi decisión final fue aceptar la beca y dejar el Museo Territorial. No fue fácil, porque el Museo me ofrecía otras alternativas diferentes, pero la tentación de tener un tema de investigación durante años y la posibilidad de perfeccionarme en España pudo conmigo.

Volviendo a la anécdota, piensen en Tierra del Fuego en invierno, donde la temperatura media de los meses de invierno está por debajo de cero grados centígrados. El viento y la nieve hacen el resto. Hay que estar realmente preparado para enfrentar el frío.

Esa campaña la hicimos tres investigadores y dos becarios: Gustavo Bonorino, Iñaki Isla, Eni Schnack y los dos flamantes becarios, el Buja y yo. Había nevado y nos encontramos con un panorama realmente diferente. El frío calaba los huesos, ya que no teníamos todos los elementos para protegernos. Lo primero que vimos que nos dejó boquiabiertos fue la acumulación de nieve en la costa frente a la localidad de San Sebastián. De ese día muestro esta foto donde posa mi amigo Iñaki Isla.

inaki-isla

Uno de los puntos a visitar, aprovechando que el camino estaba congelado, era la misma Punta Páramo. Llegar era para nosotros un desafío, ya que desde el primer día en que comenzamos a trabajar, ese lugar nos atraía a todos como un imán, a todos por igual. Pero contábamos con una camioneta 4×4, una Ford F250 espléndida, doble cabina, casi nueva que estábamos seguros que nos iba a llevar y traer de cualquier lugar. Cuán equivocados estábamos.

Para ser sinceros, la camioneta nos llevó muy bien a todos lados, pero creo que nos confiamos demasiado. En cuanto quisimos pasar por las gravas, la camioneta se clavó y no hubo forma de sacarla. Eramos en ese momento 5 personas y ni que hubiéramos sido 20 podríamos haberla levantado. La F250 no se caracteriza por ser liviana precisamente.

la Ford F250 enterrada en la grava

Hicimos todos los intentos posibles, lo puedo asegurar ya que la alternativa no era la más divertida. Nos separaban del Puesto de gendarmería unos 25 km. Era tarde y el sol en invierno no tarda en ocultarse. Cuando nos dimos cuenta que las posibilidades de salir se desvanecían como la luz del sol, tomamos la decisión de hacer el viaje… digamos que lo correcto sería decir que tomaron la determinación de que los dos becarios hicieran el viaje. Para qué están los becarios de CONICET? Bueno, para ser sinceros, ninguno de los investigadores que nos acompañaban tenían problemas al respecto, pero a mi me entusiasmaba la idea.

Comenzamos a caminar con el Buja bastante animados. Todo el camino estaba lleno de charcos congelados, algunos realmente grandes, con lo cual nuestra caminata pronto se convirtió en “patinaje en la espiga”. Así fuimos desandando kilómetro tras kilómetro hasta que se comenzó a hacer de noche y no sabíamos a dónde íbamos a llegar porque una vez que se termina el camino que entra en la espiga, existe una red intrincada de caminos que conducen a decenas de pozos petroleros. Un verdadero laberinto. A todo esto ya nos habíamos caminado cerca de 20 kilómetros y la oscuridad era casi absoluta. Apenas veíamos el camino, pero delante nuestro había una fuertes luces que nos indicaban la presencia de un campamento, o algo así. Tomamos la decisión de cortar camino por el campo y dirigirnos hacia las luces. Todavía nos faltaban unos 5 kilómetros para el puesto de gendarmería.

Al final llegamos y cuando nos aparecimos en la guardia, efectivamente era un campamento de una petrolera, no sabían muy bien si creernos o no, pero… qué iban a hacer dos pendejos como nosotros, salidos del medio de la nada, a esa hora de la noche? Sin demorarse mucho, el encargado del lugar hizo unos cuantos llamados por radio, dejó instrucciones a otra persona y nos pidió que lo acompañáramos. Junto con otra camioneta F100, de tracción simple, nos encaminamos hacia la punta. No puedo decir que fuera un viaje agradable. Los petroleros han tomado la mala costumbre de viajar a velocidades exageradas, por decirlo de alguna forma. De los charcos congelados que alegremente disfrutábamos con el Buja, no quedó ninguno. Las ruedas de las dos F100 se encargaron de aplastarlos a todos y no sé todavía cómo llegamos vivos a la punta, para alegría de nuestros colegas que a esta hora ya se habían acomodado para pasar la noche adentro de la cabina. No les hubiera ido nada bien, por cierto.

Los petroleros tardaron 3 minutos para sacar la camioneta de su trampa. Nosotros nos miramos entre todos como diciendo… tán fácil? por no decir otras cosas. nos ofrecieron llevarnos al hotel, distante 70 kilómetros, 25 hasta gendarmería y otros 45 hasta San Sebastián. Nos miramos con el Buja y rápidamente convinimos: Noooooo! no se preocupen!

Subimos a la camioneta y salimos los tres vehículos rumbo norte. En menos de 2 minutos los habíamos perdido de vista y nosotros seguimos tranquilos rumbo al hotel, a bañarnos y a descansar.

Como epílogo puedo decir que el dolor de piernas que tuve los días siguientes producto de la caminata y el patinaje artístico me duró hasta el fin de la campaña.

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Una respuesta a La Bahía San Sebastián – La espiga o la marisma?

  1. Gabriel dijo:

    Bien ahi esos colores!!! Basta de negros!!

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