La Bahía de San Sebastián – el encuentro

Hace unos cuantos años atrás, tuve la oportunidad de trabajar en la Bahía de San Sebastián. Quien no la conoce, se pierde una experiencia realmente de otro planeta. Si bien está ubicada en un lugar, digamos un tanto inhóspito, no es imposible llegar.

Mi primera experiencia fue realmente divertida, por decirlo así.

Había llegado a Ushuaia en Septiembre del 85, y al mes estaba trabajando en el Museo del Fin del Mundo. Mientras tanto me había presentado a una beca del CONICET para un trabajo, justamente en la Bahía de San Sebastián. Había viajado a la Antártida durante dos meses, en octubre y noviembre de 1985, había vuelto y al poco tiempo había pasado un mes en Bahía Valentín, Península Mitre. Cuando volví, en febrero del 86, tenía sobre el escritorio de la oficina una invitación de los directores de la beca para que me uniera al proyecto.

Me fui al CADIC, el centro de investigaciones que el CONICET tiene en Ushuaia para hablar con uno de los directores, el argentino, Gustavo Bonorino. Estuvimos charlando un rato y me explicó algunas de las características de la bahía. Me dijo que el director español y un investigador se habían quedado por unos días más. Que si quería me podía unir a ellos por unos días. La verdad es que la charla fue formidable, no sólo por lo que representaba para mi la oportunidad de trabajar unos días en un tema nuevo, sino también la presentación que me hizo de la Bahía San Sebastián, un verdadero “culis du mundis”.

Con los últimos pesos que me quedaban me tomé un avión a Río Grande y apenas salí del Aeropuerto me puse a averiguar por un ómnibus para San Sebastián, unos 80 kilómetros al norte. Ómnibus? No hay!

Rápidamente me fui a la estación de servicio que queda sobre Ruta 3 a preguntar a cuanto automovilista o camionero hubiera para ver quién iba hacia el norte. Después de unas horas, me fijé en un camioncito que apenas se tenía en pie y que tenía una carga de maderas que apenas se podían tener. El chileno que lo manejaba me dijo:

– San Sebastián? Bueno, yo voy hasta Cullen, te puedo dejar de paso.

Perfecto!

A unos 60 kilómetros por hora hicimos el viaje. En esa época el asfalto no había llegado, y las condiciones del camino eran realmente lamentables. Pero nos dio tiempo de charlar largo y tendido sobre diferentes cuestiones.

Cuando llegamos a San Sebastián, agradecí mucho al chileno que tenía algunos problemas con su camioncito, que calentaba demasiado, y me fui derecho al hotel del ACA, donde sabía que estaban los dos españoles. Pero en el hotel me dijeron que se habían ido temprano para el lado de Punta Páramo. Que los podía esperar allí hasta que regresaran a la tarde. Era apenas el mediodía, ni muerto me quedaba a esperar allí.

Salí corriendo del hotel y con un suspiro de alivio pude ver al chileno que se estaba subiendo al camión. No hubo problemas para seguir viaje por unos 40 kilómetros más, de un camino diez veces peor que el que veníamos.

Cuando llegamos al puesto de Gendarmería de Puesto Cullen, el camión ya casi estaba al rojo vivo. Paró el chileno para dejarme bajar y como si así hubiera estado destinado, el camión lanzó su último suspiro. Allí quedó varado.

Pregunté a los gendarmes por los españoles y me dijeron que se habían internado en la punta con el remise con el que habían venido de Ushuaia. Lo miré al gendarme como preguntando qué clase de auto era ese y sólo se contentó en levantar los hombros.

Pregunté cómo podía llegar y gustosamente se ofrecieron a llevarme en el unimog del puesto. Miré agradecido al chileno, casi como pidiendo perdón, le agradecí y salté arriba del unimog, ansioso por llegar al destino.

Hicimos unos cuantos kilómetros y vimos en el camino al Falcon rojo que había llevado a los investigadores. Llegamos hasta el vehículo y le preguntamos al chofer, que estaba durmiendo una siesta, dónde estaban. Indicó con el dedo hacia donde habían salido caminando, aunque no se veía nada más que la línea del horizonte.

Agradecí a los gendarmes y me interné en lo que después tendría tiempo de recorrer muchas veces más: la Punta Páramo

Estábamos ubicados en la parte más “gorda” de la punta, lo que llamamos “la panza”. Esta espiga litoral, como se lo denomina correctamente, es una construcción de grava y arena realizada por el oleaje. Tiene 18 kilómetros de largo y su forma es como un palo de golf. Lo más increíble de esta forma es que recibe el oleaje del Océano Atlántico en las tormentas del este y las olas de la Bahía, cuando sopla el viento del oeste. Hay un sector que tiene unos 5 kilómetros de largo, que no alcanza los 200 metros de ancho. En épocas de tormentas fuertes del mar, el agua pasa por encima y se desparrama en las aguas del interior de la bahía. Pero la punta se mantiene unida todo el tiempo. Está claro que no hay camino que aguante y que la única forma de llegar a la punta es con un vehículo como el unimog, o una 4×4, o con mucha suerte. En invierno se hace más fácil porque toda la superficie está congelada.

La panza en cuestión es una construcción de decenas de cordones litorales que se apoyan unos sobre otros, por lo que para recorrer transversalmente esta formación, tal como yo lo estaba haciendo, hay que subir y bajar los cordones unas cien veces a lo largo de un kilómetro y medio.

Desde el otro lado de la panza, un par de españoles extrañados, veían como una pequeña figura que subía y bajaba y a veces se perdía entre los cordones, iba ganando tamaño hasta convertirse en un ser humano que preguntaba por ellos.

Federico Vilas y Alfredo Arche no se asombraron demasiado de verme llegar, aunque no esperaban el encuentro en ese lugar. Durante 5 días estuvimos trabajando en la punta y en la bahía, casi cerrando lo que sería mi futuro lugar de investigación y el tema de mi tesis doctoral.

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