Para ver mejor

Dormía plácidamente en mi hamaca, entre dos árboles de un pequeño bosquecillo sobre una loma. Desde allí, podía ver hasta donde mi vista me lo permitía, que no era mucho pues había olvidado mis anteojos en la baulera de la moto. Esa había sido una desición pensada porque a veces uno “ve” más viendo menos. Parte del paisaje me lo perdía.

Desperté sobresaltado con una sensación. Era un estado que conocía, pero que no experimentaba desde hacía años, más de los que tenía? El cielo tenía un suave tono violeta y el sol estaba bien alto. El paisaje era el mismo, pero tenía una variante: lo veía nítido. Al principio no me di cuenta, porque solía usar lentes de contacto, pero tuve que meterme el dedo en los ojos para corroborar que, efectivamente, no los tenía puestos.

Un poco turbado me dediqué a observar. El silencio del lugar estaba perturbado por el trinar de algún pajarito juguetón y a lo lejos se podía escuchar el sonido de unos hombres trabajando la tierra, que de cuando en cuando se hablaban, aunque no sonaban a grito, ya que en el campo y dependiendo del viento, la gente se comunica a gran distancia hablando normalmente. También podía escuchar, pero sin ver, los pocos coches que pasaban por la ruta donde había dejado la moto, oculta a un costado del camino.

No comprendiendo bien la situación, descolgué la hamaca, me estiré para enderezar las piernas y los brazos, medio entumecidos por estar quietos y me encaminé pendiente abajo.

El sendero que me había llevado al bosque discurría entre arbustos bajos, con pequeñas flores que exalaban un delicado perfume, parecido al del jazmín, más suave. También había algunas plantas con frutos, probé algunos y eran deliciosos. No quería irme en realidad, pero algo me impulsaba y no hice nada en contra, me sentía bien y estaba tranquilo.

Una hilera de hormigas negras con su gran carga verde cruzaba el camino. Me agaché y fui acercando mi dedo muy despacio hasta que alguna paraba, tocaba mi dedo examinándolo rápidamente y siguiendo su viaje. No quería provocar las desvandadas que solía hacer cuando era chico, pisando a diestra y siniestra y regocijándome viendo a las pobres largar su carga y buscar un refugio del monstruo que las atacaba. Me hacían cosquillas y una, más intrépida y sin carga, se animó a subir por mi dedo. Yo lo retiré y empecé a ver lo que hacía desde una distancia muy corta. Le costaba bastante subir y bajar por los pelos de la mano. Sentía sus patitas y veía sus antenas moverse para todos lados, escrutándolo todo.

Cuando creí que en cualquier momento me vencería mi antigua pasión destructora y la aplastaría, elegí agacharme de nuevo y lo más cerca del sendero, sacudí la mano para que se desprendiera. No cayó muy cerca, pero me sentía feliz por no haberla aplastado. Era todo un avance para mi condición de humano.

Con tanta naturalidad había olvidado que ahora veía bien y creí que era el descanso, que permite a los músculos de los ojos relajarse. Había leido que la miopía es la consecuencia de una vista cansada y no que el ser miope cansa la vista. Una sutil diferencia que hace que miles de laboratorios ganen millones de un comercio basado en los “cortos de vista” y que aquellos que tratan de solucionar realmente el problema, mediante ejercicios sean mirados como idiotas.

-Cómo podés estar en contra de la ciencia-, me había dicho un amigo.

-Yo no estoy en contra de la ciencia, estoy a favor de la experiencia de hacer la prueba mediante los ejercicios- dije, pensando que el otro me estaba escuchando -o acaso no es posible que los músculos que existen en el ojo no puedan ser ejercitados tan bien como tus biceps en el gimnasio?- continué, un poco molesto por su falta de atención. Cada vez que me enojaba, me era muy dificil contener al irónico.

Llegué a la moto, arranqué y tomé el camino de vuelta.

De dónde salió no sé, pero acrecentaba la sensación que se mantenía. Una mujer al costado del camino, estiraba la mano delicadamente. Yo no iba muy rápido, asi que tuve tiempo de hacer algunas conjeturas antes de decidir si paraba o no. Lo primero que se me ocurrió era que no estaba sola. Y lo segundo fue que si paraba se me tirarían encima dos o tres monos, me quitarían la moto, la ropa, el dinero, me violarían y me dejarían tirado al costado del camino. Deseché la idea con mi habitual optimismo y fui al tercer pensamiento, que fue -necesitará ayuda- el cual adopté sin pasar al cuarto y frené, a la misma altura que ella.

Estaba con un vestido floreado sin mangas, zandalias de cuero, su pelo rubio le caía suelto, no demasiado largo. Sus ojos eran del mismo color que el cielo, con ese tonito violeta que había notado cuando desperté de mi siesta. Su cara era como pocas veces uno tiene oportunidad de observar. Me sentí turbado y traté que mi voz no me fallara cuando le pregunté si necesitaba ayuda.

-Podrías llevarme?- fue lo único que dijo.

Al principio iba a decirle a dónde iba en realidad, y preguntarle su destino, pero decidí que ante su ahorro de palabras convenía seguir el mismo ejemplo.

-Subí- le dije.

Con una gracia exquisita y una destreza poco habitual se acomodó detrás mio en un segundo. Sentí el contacto de sus piernas sobre mi cadera y sus manos tomándome firmemente por la cintura. Seguí viaje. No podía darme vuelta y no sé por qué motivo no me animaba a preguntarle nada. De pronto comencé a imaginar que ella se transformaba en un monstruo con cuernos y que crecía detrás mio devorando mi cabeza de un solo bocado, giré ligeramente la cabeza y ella respondió mirándome con una sonrisa que despejó todas mis dudas.

Decidí disfrutar del paisaje, que ahora podía ver sin los malditos anteojos oscuros que había hecho graduar hacía poco. El sol molestaba un poco la vista, pero poco a poco me fui acostumbrando y dejó de molestarme.

Sus manos seguían en el mismo sitio, sin cambiar la presión. Aceleré un poco y noté como ceñía sus manos alrededor de mi cintura, sin exagerar. Con total naturalidad, cuando volvimos al ritmo habitual, sus manos volvieron a su lugar. Me gustaba mucho ese contacto y en verdad sentía un impulso muy fuerte a aumentarlo. No lo hice. Era un juego idiota y pensé que no tenía sentido. Traté de concentrarme en el paisaje. Pero me resultaba dificil.

Me pregunté si eran los ejercicios los que me hacían ver tan bien en este momento. Recordé ese cumpleaños en el que me había regalado un libro para ver mejor, para afuera y para dentro, lo de afuera y lo de adentro.

Algo ocurría relacionado con la moto y con el camino, algo me decía que había un pequeño detalle que se me pasaba de largo y que no lograba atraparlo. Y de pronto me di cuenta: a pesar de todas las lomas, el camino era recto. No lo recordaba así, tenía la idea que había curvas. Para adelante una recta que subía y bajaba, sin desvíos.

Anduvimos así varios días, en silencio. Ella no parecía estar perturbada y a mi no se me ocurría qué decirle. Al cabo de esos días, nos comprendíamos mirándonos. Parábamos donde había árboles frutales y comíamos bajo una sombra. Cuando desapareció, entré en pánico. En un primer momento pensé que había ido al baño y mientras pensaba esto me vino un sobresalto. No me había separado de ella más que un instante, y al siguiente no la vi más. Estuve dando vueltas toda la tarde en el lugar donde la perdí. Ahora no podía concebir la idea de estar sin ella. Cuando desperté por la mañana, sobresaltado, miré hacia el lugar donde todos esos días la veía y esta vez… Rápidamente me subí a la moto y aceleré. Basta. No me podía quedar pensando en algo que al final, no sabía si era o no fruto de mi propia imaginación. Cuando sentí la sensación de sus manos en la cintura, tuve que darme vuelta. Nadie. Pero la sensación era tan nítida. Seguí derecho. Algo pasaría.

A lo lejos, divisé una casa que estaba en el medio de la ruta. O eso me pareció. Cuando me acerqué, me di cuenta que había una gran curva hacia la derecha. La casa me invitaba a entrar. Paré, llamé a la puerta y un hombre alto, de pelo corto y barba prolijamente recortada me atendió.

-¿Qué quiere?- preguntó.

-Algo de comer y beber- dije sin mucho entusiasmo.

-Esto no es una casa de beneficencia, pero espere un momento- me contestó

La casa era de un estilo que me gustaba. La galería sosteniendo el techo a cuatro aguas, el piso de madera, las columnas muy finas, la puerta de madera y una inscripción finamente tallada en el pórtico superior. No sabía el significado, pero me hizo recordar un cuento que me contaba mi abuelo cuando era niño.

-Aquí tiene alguna cosa, necesita algo más?- dijo el hombre con un paquete en la mano.

-‘La habilidad que nadie posee’- dije, sorprendiéndome a mí mismo con el pensamiento en voz alta.

-En ese caso, pase-

Entré, sin decir nada más, a un pequeño patio interior y me dejó solo. Estuve yendo y viniendo por el interior de la casa, que parecía más grande por dentro que por fuera y al cabo de unos días, el hombre que me había atendido me dijo que lo acompañara. Lo seguí por unas escaleras que me conducían a un sótano. Allí se encontraba un grupo de ancianos que estaban sentados en dos filas, unos frente a otros. Había un lugar reservado para mí, o eso pensé porque me dirigí derecho al sitio y me senté igual que los viejos. Estuvimos largo tiempo en silencio y uno de los hombres comenzó a recitar y el resto se le unió. Me sentí impulsado a seguirlos.

Después de esto, el hombre me llevó con otro viejo, que sentado frente a una mesa, trabajaba con alambre de plata. Comenzamos a trabajar de una forma exquisita. Siempre había querido utilizar mis manos nuevamente, desde aquella vez que, tallando esa cabeza de indio, me introduje la herramienta en la palma de la mano y no quise tocar nuevamente nada que tuviera que ver con hierro y madera. El hombre de la puerta, como resolví llamarlo, reapareció al cabo de un tiempo y me llevó con un escultor de madera. Aprendí a hacer mesas, sillas, puertas, y a tallar nuevamente. Cuando sentí que conocía los secretos de la madera, volvió el mismo hombre y me llevó con el jardinero de la casa.

El exquisito olor de las rosas era conocido para mí, pero me sorprendió ver que en las galerías, las flores miraban hacia dentro. Me hicieron trabajar duro, cavando, paleando, cortando. Fui conociendo el secreto de las hierbas, el porque del color de las flores y sus propiedades curativas.

De allí, el mismo hombre, me llevó hasta un cuarto donde había un joven, vestido como yo, con vaquero y camisa, con el cual, pensé, podría hablar tranquilamente de temas de mutuo interés. Pero resultó tan silencioso como mi rubia amiga que en todo ese tiempo había olvidado y que había sido el comienzo de este extraño peregrinar. Algo interno me impulsaba a seguir con todo esto. Sentía que me dirigía nuevamente hacia ella.

De pronto, el joven de jeans me despidió y solo, me fui al patio. Allí estuve esperando al hombre de la puerta para la siguiente tarea, pero no apareció. Sólo paseaban algunos ancianos sin darme ningún tipo de atención. Estuve así días y días, casi al borde de la desesperación. Desde el momento en que había entrado a la casa habían pasado por lo menos dos años, o algo más según mis cálculos.

Entonces, fui conducido hasta el cuarto de un anciano, que parecía el dueño de casa. Cuando entré en la habitación, lo ví a punto de caer en un pozo y lo salvé justo a tiempo. Cuando nos recobramos del incidente, el viejo me dijo -Toma esta llave, cuídala con tu vida-

Guardé la llave y me dirigí hacia el jardín cuando vi que un árbol estaba a punto de caer sobre el jardinero. Corrí y empujándolo lo salvé de ser aplastado. Dándose vuelta en el piso, estiró su mano diciendo -Toma este guijarro de cristal y guárdalo con tu vida-

Me encaminé hacia la cocina, donde el cocinero me solicitaba y cuando entré vi que el viejo estaba por levantar una olla ardiente sin darse cuenta. Corrí y la quité para evitar su quemadura, pero no pude evitar la mía, en el pulgar. -Tendrás un callo en la base de tu dedo, guárdalo con tu vida-

Anduve dando vueltas por la casa, haciendo algo aquí y allá. Un día fui llevado al sótano, donde los ancianos estaban reunidos junto con una persona muy bien vestida, de finos modales. Todos escucharon mientras contaba una historia y al final dijo -Recuerda esta historia y guárdala con tu vida-

Al cabo de un tiempo, me llevaron a un pequeño jardín, donde un anciano de aspecto centenario estaba sentado muy tranquilo, debajo de una higuera.

-Ahora estás preparado para continuar tu búsqueda. Triunfarás, porque te he dado la ‘Habilidad que Nadie Posee’-

-Pero, no comprendo- dije.

-Si piensas que la dominas – dijo el anciano -, no la dominas. Por otra parte, si piensas que no la dominas, la puedes ejercitar sin interferencias-

-Aún no comprendo- repetí.

-Si nos hubieses dejado, nunca habrías aprendido -dijo el viejo sabio-. Y si te empujo fuera aprenderás. Si tratas de regresar, no aprenderás. Si necesitas ayuda, apareceré-

-¿Por qué es eso así?-, pregunté confundido.

-¡Porque, aparte de ciertos elementos que tú tienes, yo soy una parte de la ‘Habilidad’, que no puede permanecer contigo, de modo que tiene que ser mantenida en mi!-

Salí de la casa y cuando cerraron la puerta, sentí la misma sensación que cuando la había tocado por primera vez. La moto estaba en el mismo lugar en el que la había dejado tiempo atrás.  Arranqué y miré por última vez la casa donde tanto tiempo había pasado, pero ya no estaba allí. Incluso el camino había cambiado, ya no era recto y lo peor de todo fue que me tuve que poner los anteojos porque no veía el cartel que tenía delante.

Sin mucho convencimiento, seguí mi camino y pasé por donde la última vez había cargado nafta. Pregunté que día era y sólo dos días habían pasado desde que había salido con mi moto. Cualquier sueño nos puede parecer realidad pensé.

Llegué a la ciudad y vi reunida una muchedumbre, estacioné y me acerqué a ver qué pasaba. Un hombre había caído en un pozo y no podían sacarlo. Tiramos una soga y lo levantaba con tanto esfuerzo que en un momento se me escapó, pero el callo del dedo me ayudó a retenerla. Cuando el hombre salió, agradecido, prometió recompensarme porque era un personaje importante del gobierno y se fue. Cuando apareció el perro negro y atacó a la niña, apenas tuve tiempo para tirarle con el guijarro de cristal, con tanta puntería que le dio en un ojo, haciéndolo tropezar y caer dentro del pozo. De inmediato recuperé la piedra. Apareció el padre de la niña y me pidió que lo siguiera porque se sentía en deuda conmigo por haber salvado a su única hija.

Cuando llegamos a su casa, me contó que su hermana había quedado encerrada en el sótano por lo que había salido a buscar un cerrajero y ocurrió el incidente del perro. Yo saqué la llave, probé y la cerradura cedió. La hermana apareció y que decir mi sorpresa cuando vi aparecer a la bella rubia que había subido a mi moto hacía ya, ni sé si mucho o poco tiempo. Poco me importó eso porque sentí, cuando nuestras miradas se cruzaron, que esos ojos con el ligero tono violeta me decían que ya no habría nada ni nadie que pudiera separarnos, menos, cuando gracias a la historia del príncipe tenía las claves para poder vivir en paz y felicidad. Además, cada vez que necesitara algo, allí estaría mi viejo amigo, dándome la ayuda que necesitara.

Desperté cuando las primeras gotas de la tormenta del verano tocaron mi rostro. Me queda por decir, que al final aprendí la técnica para mejorar mi vista, pero eso ya es otra historia.

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2 respuestas a Para ver mejor

  1. Cris Monte dijo:

    Mui linda historia! Me has encantado otra vez mas!
    Muchas gracias a Idries Shah y a ti!

  2. marceloferrero dijo:

    Nota del autor: Este cuento lo escribí hace unos 10 años atrás. La idea original la saqué del cuento “La habilidad que nadie posee” de uno de los libros de Idries Shah. Al principio me resistía a publicar algo que sentí que había copiado, pero creo que las ideas y experiencias incorporadas valen como una forma de ejercicio. Por otra parte, hay mucha gente que puede no haber leido el cuento y se perdería la oportunidad de acercarse al concepto de ese tipo de “habilidad”. Por lo tanto, mi sentimiento de culpa ha sido zanjado, por lo menos para mi!

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