Charlas

I

Era ya tarde cuando sonó el teléfono.  Lo sacó de un profundo sueño y de a poco, iba tomando conciencia nuevamente.  Cuando tuvo capacidad de levantar el tubo, la realidad le golpeó la cara como si fuera un puño de acero.  Nuevamente la voz, la maldita voz que ya no sabía cómo sacarse de encima, pero esta vez con un nuevo argumento.

—  Dormías? — le dijo —  Qué soñabas?… soñabas conmigo, seguro.

—  Parece que ya no tengo más escapatoria.— le respondió.

—  Por qué me decís eso?, acaso te molesta que te llame?

—  No me molesta, sabés que me gusta que me despierten en el medio de la noche.— dijo usando ese tan conocido lenguaje irónico —  Sobre todo cuando al otro día tenés que levantarte temprano para ir a trabajar.  Vos no trabajás a la mañana seguramente.

—  Por qué me agredís así? — le dijo con ese tono de voz que delataba su enojo manipulador —  Yo sólo te llamaba para saber como estás, encima que me preocupo de vos, mirá como me tratás.

—  Pero no te enojes, la última vez que lo hiciste me costó bastante dinero arreglar el accidente del coche.  No quiero que te violentes, no vaya a ser que la próxima te la agarres conmigo.

—  Parece que estás de mal humor — dijo antes de colgar.

II

Todas las veces que esto ocurría, y no eran pocas las noches que el teléfono le machacaba el sueño, era realmente difícil que pudiera conciliarlo nuevamente.  La sensación de angustia ubicada en el centro del pecho, era de tal magnitud, que sólo se le calmaba levantándose y tomando la leche caliente con miel, tal como se la preparaba su madre años atrás.  Después de hacer algunos ejercicios de relajación y leer alguno de los varios libros que tenía al lado de la cama, nuevamente se dormía.  Al principio se desvelaba toda la noche, pero poco a poco fue acostumbrándose a las llamadas y se hizo la idea de que en algún momento terminaría cansándose o él incorporándolo.

Te preguntarás el por qué de esta situación aparentemente intolerable?.  Ella lo llama, él le responde, ella lo molesta, él le sigue la corriente.  Te preguntarás y apenas tienes datos sobre el asunto.  Te proporcionaré algunos más.  Hace cuatro años que no se ven personalmente.  Fueron pareja.  No tienen hijos.  La relación duró unos 3 años y medio hasta que se pudrió.

III

—  No me la banco más…  me parece que debe estar loca… no puede dejar de llamarme todas las semanas, y a veces todos los días.  Ya me cansé de seguirle la corriente.  Tengo ganas de denunciarla, pero el abogado me dijo que no tengo pruebas y que haga intervenir el teléfono.  No quiero andar con gente que escuche todas las llamadas.  Además no se si eso la persuadiría de llamar, ya sabe que medidas toma cuando se enfada.  Le propuse que nos viéramos, pero no quiere, dice que mi voz le sigue gustando, pero que me ha visto por la calle y me encuentra muy deteriorado, y no quiere que la vea.  Le pregunto qué quiere, y me dice que sólo hablar conmigo.

—  Recuerda alguna discusión?

—  Si.  En realidad no es que la recuerde, sino que eran todas iguales, por lo que tengo una idea de cómo se desarrollaban.  La mayoría de las veces comenzaba con algún reproche por parte de ella, siempre tenía algo que decir.  Otras veces, comenzaba a hablar yo de alguna cosa, y se volvía discusión y otras veces le preguntaba qué le pasaba y venía la andanada.  Una que recuerdo en especial fue al tiempo de que yo tuviera unas historias con mujeres.  Hablábamos de la cuestión de la fidelidad.  Según ella, yo le había dicho que no estaba buscando historias, cosa que con lo que ocurrió después, yo le había mentido.

—  Usted le había dicho eso?

—  Claro, yo no estaba buscando historias cuando se lo dije, pero apenas se fue, comencé a buscarlas.  Yo le había dicho eso para que se fuera tranquila y no me molestara más con el tema.  Le prometí fidelidad absoluta por las dudas que por desconfianza se quedara.  Pero independientemente de eso, el diálogo se desarrollaba, ella atacaba, yo ironizaba, es decir, contraatacaba, a veces con premeditación y alevosía.

—  Qué sería una historia?

—  Hablábamos del tener relaciones compulsivas con otras personas y me decía que ella podría encarar ese tipo de relaciones, pero que eso no le daría nada y que eso no era lo que me ocurría a mi.  Yo le contesté que no las tenía compulsivamente, sino bastante naturalmente, después de lo cual se hizo un silencio.  Pero yo le decía las cosas claras, le hablaba en todos los idiomas…

—  Qué idiomas?

—  Inglés, ruso, alemán, francés… no, básicamente dos idiomas, en primer lugar el mío y en segundo el de ella.  Recuerdo cuando a la pregunta de si yo quería o no curtir una historia con ella, en base a un discurso que le había metido, yo le respondí que le tenía que repetir ochocientas cincuenta mil veces, me acuerdo del número, que no teníamos en ese momento el mismo idioma, que yo le podía responder en su idioma, pero que era absolutamente difícil que me entendiera en el mío, por la experiencia previa.  De todos modos le respondí que no quería tener ninguna historia en particular con ella, pero que quería curtir y conocerla, descubrir la persona que era.  Que trataba de tener paciencia y que lo había logrado muchas veces con otra gente, que esperaba los momentos determinados para unirme a otras personas en el sentido de decir, encontré una vía de comunicación rápida y fácil con esa persona.  Y eso quería lograr con ella, independiente de la pareja y le repetía que ese era mi idioma.  Pero que en su idioma la traducción era: “Pero vos querés estar conmigo?, Querés curtir conmigo?  Qué querés hacer conmigo? y que yo ese idioma no lo entendía.

—  Podía ser así de claro?

—  Podía, y ella me respondía que había ciertas cosas, ciertas cosas, no decía qué cosas, que podían respetarse.  Yo volvía a la carga de la claridad diciendo que si ella tenía ganas de hacer el amor conmigo eso implicaba que yo lo tenía que hacer, tuviera o no ganas.  Entonces, cuando quedaba en evidencia tomaba otra vía de escape, la de que yo la desvalorizaba.  Allí volvía mi ironía… pero ya me estoy aburriendo del tema.

Usted se preguntará qué diálogo es éste.  El de un hombre con un lío en la cabeza acostado en un diván y otro hombre capaz de descifrar a partir de la palabra consciente el deseo inconsciente.

IV

—  Yo en realidad no quiero hablar tanto.  Yo quiero hacer cosas — dijo convencida.

—  Pero, comenzá a hacerlas y a hablar menos, pero con decírmelo a mi no me dice absolutamente nada.  Vos podés decirme lo que me estás diciendo y a mi me importa un carajo, entendés?.— le respondió él, también convencido — Pero yo pienso, si tanto quiere hacer esta mujer porque no lo hace, qué querés que te diga?

—  Pero no quiero que me rechaces más.

—  Es que no es responsabilidad mía que te rechace, sino tuya.  Vos me ves de una determinada forma, yo te digo cómo estoy y vos seguís insistiendo en una historia, yo pienso que sos masoquista.

—  Yo no soy masoquista!

—  Pero si tenés esa percepción y ese sexto sentido para muchas cosas, utilizalo también para saber cuáles son los momentos en los cuales yo puedo no rechazarte, hacé propuestas que sepas que me van a gustar para no sentir el rechazo.  A veces me hacés propuestas específicamente para que sean rechazadas. Me proponés hacer el amor no en un momento en que yo estoy bien, tranquilo, con ganas, sino en los momentos después de una “charla”, como vos las llamás — respondió creyéndose dueño de la verdad.

—  Cuándo podemos estar tranquilos y con ganas? —retrucó‑‑‑  Al final del día, después que han pasado un montón de cosas, sobre todo a mi, y cómo querés que se desaten los nudos? Yo me siento prisionera de un montón de cosas.

—  Hay ciertas cosas que se romperán de a poco, entendés?

—  Yo lo entiendo!

—  Ciertas cadenas que se van a ir rompiendo de a poco. Historias que se romperán de a poco, pero no ganamos nada si apuramos el asunto. Nada. —dijo, creyendo que ella lo escuchaba.

—  No, yo no lo estoy apurando, simplemente que estoy tratando de aclararme la cabeza.

—  Pero tu cabeza la tenés que aclarar más con vos que conmigo.

—  Por eso.

—  Hay un montón de historias, tuyas!, que las metés aquí en el medio cuando no tienen nada que ver.  Me hacés responsable de tus rechazos, de los que vos sentís.  Algunas cosas, es cierto, son cosas concretas —decía, intentando sincerarse— vos me decís, vamos a hacer tal cosa y no te digo: no!  Si, es cierto.

—  Algunas?

—  Si, algunas.

—  No nos besamos, nunca, por qué? —dijo, aprovechando una fisura, una posibilidad de ganarse un punto.

—  Nunca? —respondió él volviendo a engancharse.

—  Nos besamos?, chapamos alguna vez?, decime, hace cuánto que no nos besamos? —insistió.

—  No sé, pero cuando hemos estado bien, hemos podido besarnos no?.  El problema ahora, es, “Cuándo hemos estado bien?”

—  Cuando nos conocimos, allá hace tiempo.

—  Probablemente.  Allá hace tiempo.  Y alguna vez en que ambos hemos estado de acuerdo que había sido un pasaje de felicidad en nuestra vida.

Podría ser una discusión con su propia pareja quizás?.  Era el tipo de discusión que se llevaba a cabo diariamente.

V

—  Yo tenía 11 años, todos nos preparamos, yo comencé con una profesora particular, pero tuve que dejarla, no recuerdo si fue por dinero o…  simplemente, mi madre me preparó.  Cuando lo conté en el cole, finales de Quinto grado, algunos compañeros que también querían entrar al mismo colegio se burlaron ya que ellos iban a la mejor profesora de la ciudad, con el 90 y pico por ciento de probabilidad de entrar al colegio.  Qué ilusión que teníamos todos, era el mejor colegio de la ciudad y además era impresionante.  Ocupaba unos 150 metros de frente, dos pisos, 32 aulas idénticas, que daban a un patio central, cubierto por un techo que parecía poder cubrir un Boeing 747, 6 aulas de química y física con un laboratorio completísimo, piscina cubierta con una campana de vidrio, cancha de Basket y Handball cubierta, cancha de Fútbol, pista de atletismo, aulas de plástica y de idiomas, gabinete psicopedagógico y odontológico, dos consultorios médicos, los mejores profesores del país…  Era duro recibir esa crítica ya que ponían en duda mi capacidad… y la de mi madre.  El día del examen fue apoteótico, ya que duraba varias horas, era de “multiple choise”, con 5 alternativas, verdaderos, falsos, probables y posibles.  Varias hojas de examen, gramática, lenguaje, matemáticas, conocimientos generales, historia y ciencias naturales.  A la mitad del examen salimos al patio de la escuela y en la planta baja estaban todos los padres esperándonos con comida, el refuerzo, y con las ansias de saber cómo nos había ido, tirando las bolsas de comida desde la planta baja. “Bien, bien!, me fue bien, ahora nos toca la segunda parte!” gritábamos… “Bueno!, suerte!, que les vaya bien!”, después de revolearnos el sándwich de jamón y queso. Y de nuevo adentro, varias horas más de concentración, caras pensativas, concentración total. Un trabajo duro y rendidor había sido el prepararse, horas encerrado trabajando.  Con buena onda, nunca exigido más de lo que podía dar, intelectual y anímicamente.  Recuerdo que los momentos de estudio con mi mamá eran muy fructíferos.  Yo sabía que si quería entrar debía esforzarme y tenía todo el apoyo de la familia. Cuenta mi madre una anécdota que muestra lo que significaba y lo duro de la preparación: estábamos en medio de una prueba de rendimiento… en un momento yo le digo: “esperame un momento”… y salgo de la casa casi corriendo… al rato aparezco nuevamente, agitado y transpirado. “Qué hiciste?” pregunta mi madre… “Me fui a dar una vuelta a la manzana corriendo!”, le respondí.

Adelante!  Final de exámen!.  Salir corriendo!.  Se acabó, el martirio del examen había terminado, y me sentía bien, me había ido bien, tenía la seguridad de que entraba.  Todos contentos.  Volvimos en el ómnibus con Claudio y su madre comentando los aciertos y los errores.  “…y la número 75?, era 786 o 256?… qué te dió?…” “Uh!, parece que me equivoqué!” “Y la número 85?… verdadero?… yo también!”.  Confiando en que Claudio tenía todo bien.  Demoraron varios días hasta tener los resultados, pero un día estuvieron y fue posterior a la muerte de mi abuelo Héctor, quien se fue convencido de saber que yo había entrado, sin saber todavía el resultado. “… y… entró al colegio o no?”, “si papá, si abuelo, si Héctor, entró nomás”… “Ah!, que lindo!, puedo morir en paz, su esfuerzo no ha sido en vano”…”Abuelo, cómo te quiero!”.

—  Lloró?

—  El día que me enteré, estaba con mi mejor amigo, me lo contó mi viejo.  Casualmente mi viejo fue quien me contó también que había nacido mi hermana, 8 años antes, y ahora me contaba que mi abuelo se había muerto.  Si… lloré, como lloro ahora, sin saber por qué, lloro, por todas las cosas que me pasan, las que me pasaron, las que me van a pasar, por las que no entiendo, por las que no puedo comprender, por las que comprendo y por las que nada puedo hacer sino esperar a que ocurran, como fatídicas, o como proféticas.

—  Qué pasó con el colegio?

—  La puntuación era de 0 a 50 puntos y el límite de admisión era según la nota de los alumnos.  El año anterior había sido de 29 puntos y el de mi año de 33.  Buscaba mi nombre y por los nervios y el miedo no lo encontraba.  Estaban en unas 50 hojas pegadas a la pared del anfiteatro, porque el colegio tenía un teatro con capacidad para 300 personas, alucinante.  Cientos de chicos y padres buscando sus nombres… “entraste?”… “y?… encontraste tu puntuación?”.  40 puntos, a ver si vi bien, eh!?, 40 puntos, Entré!!, y con que puntuación!, Bravo! Ihuju!.  Saber que ese colegio me abría sus puertas, el uniforme, saco color bordó, pantalones grises, camisa y corbata!.  Señoritos, lordcitos, que elegancia, ya me imaginaba vestido, comprando la ropa para el primer día. Me olvidaba de la biblioteca, las rampas de acceso a las aulas, la cantina, comedor y barra.  8 secciones de 32 alumnos cada una, 256 alumnos en primer año, un poco menos en segundo, la mitad en quinto, y al final ya muy pocos, raleados, algunos muertos y torturados.  Era dificil?, no!, pasa que fue el golpe militar en el 76, y el año 75 fue una orgía de historias, pelos largos, eramos los hippies de la ciudad, el uniforme ya no existía, remeras, zapatillas, vaqueros rotos, barbas, hasta que entraron los milicos y nos barrieron la cabeza, de pelos y de ideas.

—  Qué pasó con sus compañeros de exámen?

—  Claudio entró con 42 puntos, los demás tenían bastante menos que el mínimo, algunos entraron por sorteo.  Que decir de mi infinito placer ya que nunca sentí tan mio el dicho “siéntate en la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo”.  Las que me había comido!  Me había dolido tanto esa actitud que no puede perdonarla nunca.  Casi 10 años más tarde, cuando salí del servicio militar, después de terminar el colegio y antes de entrar en la Facultad, volvía de un viaje por Brasil.  Fui a dar una vuelta con mis viejos por Carlos Paz y al entrar a una confitería y sentarnos se acercó una chica y me preguntó si yo era yo…  ella era la misma compañera de los 10 años!.  No lo podía creer!  Hablamos unos minutos, yo, reantipático y cuando nos levantamos yo ni siquiera miré la mesa donde estaban sentadas ella y la madre, ni las saludé.  Mis viejos me dijeron que podría haberlas saludado, que lo cortés no quita lo valiente. Que podría haber sido más amable.  Y por mi se podían ir a la puta que las parió.  Las había matado hacía mucho tiempo y esa era la estocada final.

—  A quién había matado?

—  Uno puede matar sentimientos y no volverlos a sentir por una persona nunca más?.  En el caso de que así sea, uno puede volverse a enamorar de la misma persona física si ya no es la misma interiormente.  Si ya no es la que mató porque ya está muerta y la que vive ahora es otra persona.  Pero una persona puede morir a su vida pasada y reencarnarse en el mismo cuerpo después de morir.  Lo único que veo es mi capacidad de matar y es muy significativa.  Muerte a mis sentimientos por una persona cuando esa persona me daña.

—  Sus sentimientos mueren?

—  No… los entierro vivos.

VI

Se acercó y le entregó lo que le había dado de deber. Cumplió a pesar suyo y escribió.

“Simplemente por no ir con las manos vacías, creo que lo que yo pretendo de mi pareja, para la pareja es el compartir los momentos con el conocimiento y la certeza de saber que se están compartiendo.

Compartir un fuego, una lectura, una música, un momento de silencio, el trabajo mutuo o el trabajo del otro.

Me gusta ver, desde la mesa donde estoy trabajando como juegan los chicos con su madre y yo observo sin participar.  Y me siento compartiendo todo eso.

Me alegra compartir las cosas más simples y me duele buscar cosas para compartir cuando son artificiales y después tienen gusto a frustración.

En este momento necesito compartir el crecimiento en silencio, sin estridencias y acepto cuando tengo que compartir su llanto y su impotencia, pero no puedo hacer nada.

Quiero compartir lo que se me pueda entender, quiero compartir lo que pueda entender.

Quiero compartir lo que no entienda y simplemente guardarlo en silencio, y quiero que si no me entiende lo guarde en silencio, con respeto.

Quiero compartir lo que nazca hacer cuando sea hecho con libertad y respeto, cuando no haya imposiciones.

Quiero compartir un regalo, mío o tuyo, de cada uno para el otro sin que el regalo en si importe sino el hecho de hacerlo y de compartirlo.

Quiero compartir el sentimiento de madurez para que no asuste ni espante.

Quiero compartir mi saber y mi ignorancia y la tuya.

Quiero compartir el deseo de no poseerse.

Quiero compartir el deseo de libertad.”

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