Kolemken

Hace unos doce mil años, un grupo de hombres, mujeres, niños y algunos animales, cruzaron un angosto corredor ubicado entre una pared de hielo y un canal que conectaba al océano. Entraban, en lo que ahora es Tierra del Fuego, por uno de los pasos permitidos por el período glacial, la última gran glaciación. Después de ésta, ya no habría otra igual. El hielo se fundiría, el nivel del mar ascendería y ese estrecho paso de tierra desaparecería bajo las aguas que siglos más tarde “descubriría” Hernando de Magallanes dándole su nombre al estrecho.

Estos hombres y mujeres, se encontraron con un paisaje agreste, sin árboles y de suaves ondonadas. Hacía mucho frío en verdad y algo los impulsaba a viajar hacia el sur, donde el frío es cada vez mayor. Eran hombres y mujeres fuertes y no tenían miedo a la naturaleza, no la enfrentaban, se unían a ella y trabajaban con ella, obtenían sus alimentos y su abrigo, les daba cobijo y ellos sabían agradecer.

Continuaron con rumbo sur y después de una larga jornada de caminata, cansados, llegaron a un amplio valle que se extendía hacia el este y el oeste. Era muy plano y hacia el poniente podían divisar la presencia de otra pared de hielo, con un pequeño río que salía de una gran gruta formada en el mismo hielo. El viento no los sorprendió porque habían aprendido a vivir con él. Era frío, pero si exponían su cara en frente de él y aspiraban profundamente sentían como pequeños aguijones penetraban en sus pulmones y como la sangre corría más deprisa por sus venas.

Bajaron al valle, buscaron refugio y pasaron allí la noche. No sabían qué estaban buscando en realidad, quizás un lugar bueno para quedarse. Era pleno verano, pero cuando despertaron, la pradera estaba totalmente blanca. Sin embargo, el cielo era de color azul intenso y el sol brillaba en el horizonte. La fría mañana fueguina daba la bienvenida a sus nuevos huéspedes. Las mantas estaban cubiertas de nieve y poco a poco los bultos esparcidos por el suelo comenzaban a moverse. Los perros fueron los últimos y todos se arremolinaron alrededor del fuego. Desplegaron sus pieles y con algunos troncos improvisaron un reparo contra el viento que en la mañana era suave y frío. Comieron, juntaron fuerzas y siguieron su camino por el valle camino hacia el sol. La línea del horizonte no tenía alteraciones, sólo hacia el norte y hacia el sur, pequeñas quebraduras alteraban su perfección. Al centro, la nada, y hacia allí caminaron.

Tardaron varios días en llegar, pero lo hicieron. El río que habían seguido desembocaba en el mar, cerca de unos acantilados de color rojo que se elevaban varias decenas de metros sobre sus cabezas. Miraron a su alrededor y observaron que a cierta distancia, cruzando el río, se levantaban una rocas, muy visibles desde lejos. Pensaron que podía ser un buen lugar y caminaron hacia esa dirección. Pasados unos días el sitio había sido elegido, reparado del viento, con comida cercana y con una buena visibilidad, podían verse los guanacos pastando a pocos kilómetros de allí. Suficiente. Desataron los nudos, buscaron ramas y troncos, armaron sus tiendas y se establecieron.

Llamaron ‘kolemken’ al lugar, porque encontraron un mar rodeado de muros y sintieron que ese lugar los cobijaba como una gran gaviota madre.

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