Recuerdos de la Antártida (1): La partida (30 de septiembre)

Partimos desde Ushuaia, hora doce y cuarenta, en avión de Aerolíneas Argentinas, el día treinta de septiembre del año mil novecientos ochenta y cinco, llegando a Río Gallegos a las trece y treinta.  Un lunes frío, intenso, llenos de espectativa.  Esa noche dormimos ansiosos, pero confiados en que todo iba a salir bien.  El despertar fue imprevisto, un teléfono que llama con un aviso: el avión está por partir…, sin ustedes.

Llegamos al aeropuerto sin aliento, el Hércules C 130 de la Fuerza Aérea Argentina estaba con los motores a pleno. No podíamos creerlo ya que el día anterior nos habían dicho que nos estaban esperando y que el avión salía a mediodía…

Me hizo recordar la circunstancia de mi presencia en ese lugar, cuando Oscar, casi sin conocerme me pregunta:

— Marcelo, querés irte a la Antártida?…

— Cómo!?

— Te pregunto si querés ir a la Antártida.  Sabés que hemos firmado un convenio con la Dirección Nacional del Antártico (D.N.A.) de cooperación mutua y hemos quedado con el vicepresidente que sería muy importante que fuera gente del Museo Territorial a sentar bases y realizar tareas científicas.  Alejandro va a ser uno de los que va a ir y te pregunto si vos querés ser la persona que lo acompañe.

— Pero, Oscar, yo recién llego al Museo y hay gente más antigua que yo que me imagino que tendrá ganas de ir también.

— Necesitamos que vayan dos profesionales.  Alejandro es biólogo y vos, geólogo.  Pero no me contestes ahora, pensalo y mañana me das la respuesta.

— …!

Profesionales!! Recién salido de la facultad esa palabra me sonaba un tanto extraña, no estaba acostumbrado a que me trataran como a un “profesional”. Pensaba en Tim, al que no le faltaban ganas para ir.  De todos modos, el tema estaba resuelto de antemano.  Hablé con Tim y la cosa era muy simple, o aprovechaba para ir o ni él ni yo conoceríamos el continente blanco.

…corrimos hasta el angar, hablamos con un oficial, que hizo señas al hombre que estaba todavía conectado al avión a través de un cable, porque el ruido era infernal. El técnico habló con los pilotos y los motores aminoraron la marcha. Todo con señas, nos indicaron que subiéramos al avión mientras la pequeña puerta se abría.  La hélice del Hércules, a 2000 revoluciones por minuto. nos quería tragar.  Adentro del avión, cuarenta hombres vestidos de naranja, preparados para el frío y con los cinturones de seguridad puestos nos miraron entrar, nosotros con mocacines y camisita.

Nos sentamos donde pudimos y el avión despegó.  En realidad, todo pasó tan deprisa que no tuvimos tiempo ni de pensar en lo poco ortodoxo de nuestro viaje.  Pasados los primeros momentos, nos indicaron que parte de nuestro equipo estaba a mano.  Al fondo del avión, en unas bolsas marineras, teníamos pantalón y campera de lona pero sin el abrigo necesario que estaba en otra bolsa que no encontraban.  Debajo de esta campera llevábamos nuestra ropa de civil.  El viaje fue absolutamente monótono.  Cruzamos el Drake sobre nubes.

volando-sobre-nubes

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